- La puta y oficina de inmigración -

Puedo yo llegar a cotas insospechadas de superficialidad, vanalidad, trivialidad, vacuedad, inconsistencia; pero siempre en otoño, solamente en otoño y cuando menudeo las malas compañías de boticarias y prostitutas; todo lo cual se produce siempre al mismo tiempo como si mi espíritu subconsciente buscase a las segundas como talismán ritual que compense la presencia de las primeras, claro que yo preferiría arrimarme a monjas, deben tener mejor mano en los asuntos divinos y me recomendarían más adecuadamente, pero esas a mi no se arriman y me veo en la secuencia de agenciarme mozas de botica que es lo que más se les parece. Y al final se acaba el otoño, y también las putas e, incluso, las boticarias y me encuentro yo, de repente, tal cual hoy, en una cola desnutrida y corta de personas serias y protocolariamente uniformadas con corbatas y portafolios de piel, jalonada, a derecha e izquierda, de sendos regueros humanos interminables compuestos por eso, putas salteadas de rifeños y magrebíes empeñados en la ímproba tarea de buscarse desesperada imploración para … ¡Por misericordia, hombre! … ‘Déjeme usted quedarme en este país tan bonito’; y así en largas esperas que ocupan mañanas enteras entierran sus ilusiones cuando, a última hora, se topan con la contundente contestación de que siempre faltan no sé cuales certificados de no sé qué con la promesa de que … ‘Si vuelves mañana …’; y claro, como suena, ellos, ellas y los de más allá, vuelven mañana cargados con bolsas de papeles entre los que se juntan correspondencia vieja e inútil con racimos de catálogos de ofertas de hipermercado y certificados médicos que aseguran no tener hongos en los genitales, sin saber que el funcionario de turno siempre es un ser con más imaginación que ellos y acaba por descubrir desde sus ojillos maliciosos cual es exactamente ese papel, impreso, certificado o mandanga que, justamente, se han dejado en su humilde morada de inmigrante; las putas de club acuden a su cotidiana cita con la burocracia, recién salidas de sus burdeles, con los atavíos propios de la profesión y medias de rejilla recosidas sobresaliéndoles por las botas acharoladas de caña alta, las macizas chachas, con las cabezas dos palmos por debajo, acarrean churumbeles mocosos y gritones del color de los Andes, los psicólogos y dentistas argentinos, pulidos y con trajes de marca, miran envidiosos a la fila del centro de profesionales y abogados, pero siguen mezclados con el gentío multicultural de las colas que les corresponden, y los moros norteafricanos se miran los zapatos de horma pasada de moda que apuntan debajo de sus chándales de marca falsificada; todo muy variopinto, como trescientos o más, repartidos entre dos largas filas estrechas y miserables separadas por un bonito cordón rojo del tipo de los de ‘acontecimiento oficial’, una a cada lado, de la del centro, tres veces más ancha y con solamente media docena de tíos y tías con sus impólutos atachés de piel; ‘Debo haberme equivocado’, me digo, pero no, yo sigo bien agarrado a mi lustroso portafolios de diez mil duros y me molesta la corbata de Armani; me ha dirigido a esa fila, amablemente y abandonando su puesto, un guardia civil, ‘La Guardia Civil nunca se equivoca’, me digo, ‘Y a fin de cuentas hay que contar con la suerte, siempre la suerte’; pienso en mi mal humor y en el otoño y acabo por fijarme en una prostituta rubicunda que ha llegado casi a su destino, la mesa del final, la del dios que decidirá su destino … apuesto conmigo mismo, ‘A esa la largan’, me digo, y procuro ponerle cara sonriente a la leguleya que me da conversación, ella me precedía en la fila, y se empeña en decirme que si lleva muchos inmigrantes en su despacho, que da dinero, que si es fácil, que es una suerte que hace unos meses habilitaran a un funcionario exclusivamente para gestorías y profesionales … ‘Hacía tiempo que no te veía’, me dice, ‘Yo traigo solamente dos expedientes’, me sigue diciendo, y haciéndose la súmamente simpática añade con fingida gracia que acabaremos a tiempo para el aperitivo, ‘Te espero y charlamos’, me lo dice mientras yo miro a la puta rubicunda embozada en una gabardina beis y lustrosa que contrasta con su melena larga, seguramente de hombre, tal vez olvidada por algún cliente; la prenda se le ha abierto dejando al descubierto un estúpido vestido de lentejuelas rosas y azules, ‘Será imbécil’, pienso, pero tambien pienso que esa chica tiene menos suerte que otras, casi estoy convencido de eso; la gabardina se le ha abierto al sentarse frente al funcionario, éste hace una mueca de reprobación pero es pasajera, sigue a lo suyo, pedir papeles y más papeles; ‘Seguro que la largan’, lo digo en voz alta … ‘¿Cómo …?’, me pregunta la vieja conocida, ‘Nada, … que sí, que sí …’, quiero decirle que sí, que le dan puerta a la pobre puta desafortunada … ‘!Estupendo!’, exclama, ‘Entonces te espero en el vestíbulo y …’, creo que estoy a punto de decirle, ‘Prefiero a la furcia aquella’, pero me callo y digo ‘Vale’; a ella, a la abogada, no a la puta, le ha tocado su turno ya y a continuación será el mío, entretanto la rubicunda de la gabardina y el vestido de lentejuelas brillantes, que a esas alturas ya he percibido como escandalosamente corto y ajustado por ser de un par de tallas menos de la que le correspondería, hace aspavientos y gimotea, ‘Ya lo sabía yo, a esa la largan’, y es que las hay con poca suerte. ‘Te espero afuera …’, me lo ha dicho la del aperitivo mientras ella deja la cola de profesionales y yo me siento frente a mi funcionario, sonriente, regordete, de gesto afable, simpático, relajado él … ‘Qué distinto éste del tipo que le ha tocado a la puta’, y la puta ya está llorando, y no se entiende lo que dice porqué está lejos y, aunque estuviera más cerca, seguramente no sabe de español mucho más que ‘Quierro que me godas’, es lo que dicen todas las prostitutas del Este, me digo, las brasileñas, en cambio, prefieren decir ‘mamada’, les debe gustar la palabra, ‘mamada’, me repito en voz baja … ‘¿Como …?’, me lo dice el funcionario, yo le contesto, ‘Sí, decía que las hay con suerte, ésta que traigo yo, por ejemplo …’, me refiero a mi expediente, pienso en ella, Diana, una puta brasileña que conocí hace tiempo, bastante tiempo, pero también conocí a Carla, a Linda Mar … ‘He conocido demasiadas putas’, me digo, ‘Pero al menos eran putas con suerte’, eso me consuela; y es que Diana me pidió hace unos días que si podía hacerle el favor de tramitarle una documentación, ‘Tienes suerte’, le dije, ahora estoy seguro de que la tiene, y pienso también que cuando le dé la documentación ella se pondrá muy simpática y yo también tendré suerte, recuerdo a Rai, era también brasileña, también puta, también tenía suerte; todas las putas brasileñas deben tener suerte, y el funcionario me enumera cuantos papeles, certificados y no sé qué más he olvidado, creo que hago un mohín de lástima y le digo, ‘Es puta, una puta brasileña con mucha suerte’, él sonríe y me dice que en otoño le duele la espalda, tiene aspecto bonachón y complaciente … ‘Escoliósis’, le pregunto, ‘No, mi mujer …’, y me guiña un ojo, ‘Vaya …’, pero no me oye, se ha levantado diligentemente y se va hacia lo que yo imagino la profunda trastienda del aparato burocrático del Estado; la prostituta de la gabardina ya no llora; el funcionario está de vuelta, trae unos certificados obtenidos por ordenador, ‘La mitad de los papeles los podemos sacar por la terminal del ordenador’, me dice y añade, ‘Pero ‘ellos’ no lo saben’; he entendido, me faltaba media docena de papeles pero ella ha tenido suerte, mucha suerte, y me voy feliz y risueño de la fila de personalidades y profesionales, me saludan algunos, creo quye sí los conozco pero como estoy perezoso ni siquiera respondo; en esa fila había divanes a los lados, no me había dado cuenta; ‘Diana ha tenido suerte’, me digo.
Cuando he llegado al vestíbulo he visto a la puta de la gabardina, está llorosa y tiene la cara llena de churretones agrisados y tiznes de rimel corrido; también veo a mi vieja compañera de profesión, ‘Solterona’, pienso con desdén; la prostituta de la cara sucia me mira al pasar a su lado, percibo que sigue mirándome cuando ya la he rebasado y antes de llegar adonde se encuentra la del aperitivo me doy la vuelta y encaro a la rubia de las lentejuelas, ahora ya no las veo, se ha anudado la gabardina, ‘Demasiado masculina para ser suya, también demasiado cara’, lo he pensado mientras instintivamente le he espetado,’¿Puedo ayudarte en algo?’, se lo digo en inglés que eso nunca falla, a continuación se lo repito en ruso … ‘Aún falla menos’, pienso, y ella empieza a explicarme cosas que yo no entiendo en lo más mínimo, a fin de cuentas no sé suficiente ruso …, pero hago ver que entiendo, pongo una expresión grave y muy profesional, ‘Debe creer que soy abogado …’, reprimo unas terribles ganas de reirme, ‘Esta chica tendrá suerte, hoy yo soy su dios’, y la risa contenida me produce arcadas, también pienso en el ataché de piel de cocodrilo de la abogada que me espera para tomar con ella el aperitivo y charlar, ‘Regalo de su último novio’, y al pensarlo estoy convencido de ello, aunque no consigo descifrar en que cena de la navidad de que año estaba sentada a mi lado, tampoco me importa demasiado; la puta sigue explicándome sus penalidades en un indescifrable idioma, solamente le entiendo lo que se esfuerza en decir en un mal español, me la imagino diciendo ‘Quierro goder con ti’, también me pregunto cual será su tarifa, pero asiento muy serio; ‘Todo está muy claro, perfectamente, no te preocupes …’, y aunque no digo nada sus ojos reflejan que eso exactamente es lo que ha leído en mi expresión solemne, sigo con ganas de reir, ‘Se ha acabado el otoño’, lo pienso honestamente en ese momento; ‘¿Trabajas esta noche?’, creo que no me ha entendido pero ya no llora, ‘Anda límpiate’, se lo digo con desprecio y le tiendo mi corbata, me la había quitado y además no me gustaba demasiado’, ella se suena los mocos … ‘!Coño!, que es de Armani …’ digo, y me pregunto porqué no tendré la costumbre de llevar pañuelo, eso hace caballeroso, galán, aunque yo no entiendo de esas cosas; la tomo del brazo y la conduzco a la calle mientras no paro de repetir, ‘Da, da, da …’, debo parecer idiota; a la picapleitos cuyo nombre no recuerdo se le han puesto unos ojos como platos y tiene la boca abierta, me parece más vieja y más solterona que nunca; ‘Trabajo, ya sabes …’, le digo al pasar a su lado, ‘Te llamaré, un día de estos te llamo y charlamos …’, pienso que esta chica no tiene suerte, solterona y con un despacho rentable, debería ser puta y brasileña, ‘Esas sí que tienen suerte’, me digo. Me gusta lo de la cola y la mesa de profesionales con su funcionario propio, me siento un poco dios, me he sentido algo más que dios … ‘No, mi mujer’, recuerdo el comentario del funcionario simpático, río y digo, una vez más, ‘Da’, pienso que también yo soy un tipo con suerte; recuerdo en un instante, otra vez, a Rai, vivía entonces en un chalet, se lo pagaba un cliente que se había encaprichado de ella, también le pagaba el coche y el güisqui, a mi me gustaba beberme el güisqui de Rai, me gustaba porqué sabía que era puta y que lo pagaba su mejor cliente, también recuerdo, de sopetón, el nombre de la vieja conocida, pero ya estoy demasiado lejos, calle abajo, como para gritarle ‘Ya te llamaré, seguro, hasta otro día Mar’; Mar, Mar … también como aquella otra puta brasileña, ‘No, como aquella no’, y sigo diciendo ‘Da’, ‘Aquella tenía suerte, era una brasileña puta y golfa, pero con suerte’, sigo teniéndola asida por el brazo a la rusa, la guío, ‘Quizá no sea rusa’, pienso, y también pienso que sería todo un detalle de buena suerte encontrarme con alguien conocido por la calle ahora mismo, esa idea me hace reír y la de la gabardina sigue hablando aunque ya no solloza, ‘Me ha dejado la corbata hecha una mierda’, la miro con asco, a la corbata, no a la puta, y la tiro hecha un rebullo en una papelera, ‘Era de Armani’, le digo, y sé que no me entiende, pero, al menos, me sonríe.
Hemos comido en un restaurante japonés, me apetecía un poco de ’sashimi’ con abundante ’sake’ para beber; ‘¿Como les sentará el sake a las putas rusas?’, me lo pregunto sonriendo mientras ella está en el lavabo; soy un tipo con suerte, no soy buen tipo, pero tengo suerte, eso sí; se lo he dicho a la japonesa que también me sonríe aguantando el cuadernillo de tomar encargos; sigue sonriendo, y yo sé que tampoco ha entendido nada; me imagino a la japonesa en un club de carretera, también me la imagino sentada frente al funcionario de turno después de cuatro horas de larga espera en la fila de los extranjeros; ¿Por qué no había negros en la cola?, me lo pregunto mientras le digo, ‘Para mi sashimi, pato laqueado y arroz con marisco; la señorita tomará arroz blanco y sake, dos platos de arroz blanco’, me avergüenzo de mi mezquindad pero pienso que es lo justo, ella sigue en el lavabo; ‘Bueno, trae un plato grande de sushi para los dos’, corrijo, ‘También el sashimi, el pato y el arroz con marisco’; la japonesa sí lo ha entendido, solamente entiende lo que hay en la carta, ‘… y no te olvides del sake, que sea fuerte’, pienso que no le hará nngún efecto a la rusa, ellas beben mucha vodka que es, más o menos, lo mismo que el sake pero radiactiva; dos mesas más allá hay una pareja con aspecto de enamorados, seguramente celebran algún aniversario estúpido de tediosa vida en común; me cambio de silla, me paso a la opuesta al otro lado de la mesa y pienso que seguramente los negros no entienden de papeles y que les importan un verdadero bledo, quizá no tengan la paciencia suficiente para tan larga espera, por eso no había negros, ni siquiera putas negras; una vez conocí a una puta negra, un amigo la conocía, ella quiso hacerse la simpática y yo le dije que no me gustaban los negros, ella se enfado, se enfadó mucho aunque a mi amigo le hacía gracia, recuerdo al amigo como reía; y ahora, después de cambiar mi asiento les doy la espalda a los enamorados, la infeliz rusa ha vuelto y rodea la mesa, tiene mejor cara, se la ha lavado y se ha repeinado; yo me levanto y me sitúo tras ella, tras la silla, y le doy un leve tirón a las hombreras de la gabardina, repito el tirón con más energía y me doy cuenta de que la lleva bien anudada, no debe querer que se vea su horrendo vestido de lentejuelas rojas y azules; otro intento, ‘Soy todo un caballero’, me digo mientras tiro de nuevo de la gabardina, ella se la desanuda y deja que yo se la retire de los hombros, unos hombros muy desnudos para este tiempo, y miro la expresión de los enamorados, están sentados de lado, el uno junto al otro y tienen enfrente a la rusa; no pueden ocultar que la odian, también me odian a mi; me siento como si la hubiera desnudado frente a sus ojos; finalmente dejo que se siente y le ajusto, desde atrás, la silla a su culo apretado y joven; hasta entonces no había pensado en su edad, ‘Debe ser muy joven’, me digo mientras yo también me siento frente a ella y me doy cuenta de que tampoco había pensado en su culo; le he dejado esa silla porqué quiero que la pareja de enamorados la mire, por eso le he quitado la gabardina, por eso y porqué soy todo un caballero; la miro, ya no llora y tiene mejor aspecto, mejor aspecto considerando, incluso, sus ropas de puta, ‘Inconfundible’, pienso,’Cualquiera se dará cuenta que es una chica de alterne’, le sonrío mirándole directamente el pecho, y es que sus ojos me importan un carajo, solamente me importa su pecho, también su dulo; es la primera vez que la miro de frente y antes no había podido descubrir el tamaño adecuado de sus senos, ni grandes ni pequeños, pero parecen mayores sobresaliendo por los lados del vestido, esa forma de proyectarse hacia los lados me gusta, también me gusta el escote, ‘Debe llegarle hasta más abajo del ombligo’, y pienso que debe depilarse el pubis, en realidad en ese momento eso tampoco me importa demasiado pero algo tengo que pensar para distraerme de su cháchara, ¿Cuando me dirá eso de ‘goder’?, y aunque no le presto ya demasiada atención creo que hoy es su día de suerte, sé que al final tramitaré su expediente mientras el funcionario orondo y sonriente rebusca en la terminal esa información que los extranjeros no saben que es tan fácil de obtener, ‘Es una cuestión de filas’, imagino yo sin dejar de oír sus explicaciones, imagino que ese funcionario es el único que tiene terminal y que por eso los sufridos inmigrantes de las otras dos filas tienen que irse a buscarla ellos mismos y acarrear todos los papeles que han acumulado a lo largo de media vida; en el fondo tampoco me importan demasiado los problemas de los extranjeros, de hecho no me importan ni siquiera los extranjeros; las putas es distinto; eso es lo que pienso al mirar como devora ella el ’sushi’, también le he servido arroz con marisco y sake en la copa, devora con fruición, engulle sin apenas masticar, ‘Me gusta esta putita’, me digo, y yo también como, el ’sashimi’; el ’sashimi’ es solamente para mi, y ni siquiera le ofrezco; tampoco le ofrezco pato y en un momento me giro para mirar a la pereja de enamorados celebrando el fracaso de su vida, ‘No me gustan los enamorados, tampoco me gustan los fracasos’, se lo digo a la rusa pero ella no entiende, aunque sonríe, tiene la sonrisa fácil esta furcia e imagino que debe ser simpática, por un instante pienso que me gustaría entenderla mejor, quizá le preguntaría algo, pero dejo que la idea se evapore, no quiero interrumpirla mientras come, parece hambrienta y llamo a la camarera, le pido tres raciones de pastel de chocolate y cuando las traen las devuelvo, ‘En tres platos, por favor’, se lo he dicho a la japonesa con expresión adusta y ella ha inclinado levemente la cabeza, la imagino vestida de ‘geisha’ en un burdel de camioneros; cuando vuelve con los tres platos le hago que se los ponga delante, todos ellos, a la rubia del escote, quiero ver si también los devora con la misma fruición; después la llevaré a su prostíbulo, pienso y sigo pensando mientras sonrío y repito, ‘Da, da’, pienso que a la gheisa le gustarían los camioneros.
Conduciendo he pensado que para mi se ha acabado el otoño, conduzco de buen humor mientras suena la ‘Sinfonía del Nuevo Mundo’ de Dvorak; la he dejado en su burdel, ella trabajará esta noche, trabajará y repetirá muchas veces lo de ‘goder’, seguramente se ponga un vestido raído de lentejuelas doradas y seguirá trabajando, pero esa puta ha tenido suerte, no es brasileña pero ha tenido suerte, quizá la única vez que ha tenido suerte en muchos años e intento imaginarla de niña intentándose proteger del frío con un capote de lana en una desvencijada aula con una estufa apagada porqué no hay dinero para comprar carbón en el colegio, también imagino a otras niñas como ellas, imagino que también debían tener mucho frío, frío y hambre y tal vez ahora sean putas en la Costa del Sol o en Nápoles; ‘Esta puta ha tenido suerte’, me digo, ‘Mucha suerte’, y estoy convencido de que yo le enseñaré a decir ‘mamada’ del modo en que lo dicen las furcias brasileñas.